Desde el punto de vista legal, como prestadores de un servicio, tenemos la libertad de cobrar Desde el punto de vista legal, como prestadores de un servicio, tenemos la libertad de cobrar lo que nosotros creamos por nuestra prestación, siempre y cuando este precio no esté muy bajo el mercado y valla en desmedro de la profesión, es decir, de nuestros futuros colegas. En la practica odontológica de nuestro país existe un arancel de referencia que sirve como herramienta útil para fijar nuestros aranceles, siendo siempre una referencia y no una obligación el acatar o no sus directrices. Es perfectamente legal también realizar pequeñas variaciones en el cobro según cada caso particular (comúnmente llamado rebajas), las que podemos determinar a partir de varios indicadores como son previsión de salud, condiciones económicas, capacidad de pago, lugar de residencia (o mas bien dicho calidad de residencia), convenio, etc. En definitiva, según su poder adquisitivo, o alguna variación debido a cercanía o parentesco con el paciente. En ningún caso el lugar de residencia por si solo permite hacer una discriminación monetaria fija por un mismo tratamiento, a menos que producto de la locación existan gastos distintos entre uno y otro (en el caso de atender en dos consultas distintas, donde el arriendo de una es más caro que la otra). En definitiva, el dentista es libre de cobrar lo que el estime conveniente siempre y cuando el paciente esté dispuesto a pagarlo, y puede realizar pequeñas variaciones de sus honorarios, los que analizara caso a caso.
Fuente:
Entrevista a Juez de garantía Juzgado de Concepción (suplente) Felipe Vega Letelier.
Un artículo sacado del área de la oncólogía trata lo siguiente, aunque es un caso extremo, muestra otra realidad (la sociedad española), y el punto de vista mas ético:
Valor y precio
El término «valor» tiene otro significado además del económico. Cada cosa tiene valor intrínseco. Todo valor es un bien, va vinculado a él y tiene un eco afectivo (atracción).
También las cosas tienen valor de uso o de cambio, que es lo que se conoce como precio. La moneda (dinero) no tiene valor intrínseco pero sí valor de cambio y el precio es la medida del valor de uso de las cosas. Se puede poner el precio a las cosas pero no el valor. «Todo necio confunde valor y precio», decía sabiamente Antonio Machado. En la economía de mercado, si se incrementa la demanda suben los precios. El dinero sólo proporciona los bienes que se puede comprar: cosas y servicios. La vida, la salud y la amistad, por ejemplo, son valores intrínsecos y no tienen precio. Los valores (ética) y los precios (economía) establecen un nuevo
marco en que los médicos deben moverse con seguridad y prudencia. En un sistema de salud con recursos económicos limitados es necesario cuantificar el coste por proceso
o, en su defecto, conocer los recursos consumidos para obtener la utilidad deseada. Aunque la salud no tiene precio,
sí tiene un coste. Por limitación o «racionamiento» de prestaciones se entiende la decisión de no prestar cierta asistencia o servicios posiblemente beneficiosos a personas que
desean recibirlos. Debemos conjugar, ponderar y equilibrar
nuestras decisiones relacionando adecuadamente el valor
intrínseco y el valor de uso del bien a alcanzar. El problema consiste en definir qué es lo que el sistema entiende por coste-efectividad aceptable. En España no existen referencias sobre cuándo una opción debería o no ser adoptada sobre la base de criterios de eficiencia (coste del
tratamiento). Por ejemplo, en Canadá existe un consenso implícito sobre los rangos de aceptabilidad. Intervenciones que cuestan menos de 20.000 dólares por año de vida ganado ajustado a la calidad (AVAC) son aceptables, mientras que aquellos que cuestan más de 100.000 dólares no lo son. En EE.UU. esta frontera de aceptabilidad está por debajo de 50.000 dólares. El coste-efectividad del cribado del cáncer de mama varía entre 20.000 y 50.000 dólares por año de vida ganado.
Los datos antes citados tienen un significado distinto para cada uno de los afectados: los gestores, los profesionales y la persona enferma. El análisis de los datos para el gestor es poco eficiente, puesto que con el mismo consumo de recursos se puede beneficiar a mayor número de personas (criterio utilitarista). El oncólogo evalúa los resultados como positivos, eficaces y beneficiosos, a pesar del coste (criterio de corrección técnica y de beneficencia ética). Por último, la
persona enferma hace una valoración subjetiva muy favorable de los resultados, siempre y cuando la calidad de vida sea aceptable (criterio de autonomía y conservación de un
bien supremo como es la vida). Pero para el paciente, ¿tiene precio un mes y medio o un año más de vida? ¿El sistema puede soportarlo? ¿Estamos autorizados para decidir
que un período de la vida de una persona enferma carece de valor? La clave está en responder a la pregunta: ¿cuál es el mejor bien para el enfermo? La respuesta debe darla la
persona afectada. El médico, dentro de sus posibilidades,
debe proteger y defender la elección de la persona implicada. Todos estos interrogantes plantean serios conflictos de valores a los profesionales, a los gestores y a todos los implicados como seres humanos que son. ¿Qué decisión tomaríamos nosotros si algún día estuviéramos en esa situación?
¿Qué principio debe prevalecer sobre los demás? La desaparición de muchos valores en nuestra sociedad es, en el fondo, el triunfo de una concepción ultracapitalista que reduce a los seres humanos a mercancías. Aquí conviene recordar el pensamiento de Manuel Kant (1724-1804): «Los seres humanos tienen dignidad y no precio». Otra particularidad para introducir en el debate es el escenario en el que el médico ejerce su actividad. La asistencia se desarrolla en
el ámbito público (Estado), pero la relación clínica está en el ámbito privado (personal). El Estado es el proveedor de los recursos(macrogestor), el gerente de la institución (mesogestor), el que garantiza la distribución, y el médico (microgestor o decisor), el protagonista final responsable de la utilización del 70% de los recursos sanitarios. Toda política de contención del gasto enfrenta el bien del paciente y el bien del sistema, circunstancia que hace del médico un agente doble. El médico en nuestra sociedad desempeña el cada vez más complejo papel de administrador burocrático, además de ser sanador omnipotente y científico aplicado. En una sociedad civilizada la ética debe guiar a la economía, no la economía a la ética.
¿Que es bueno para el enfermo?, Jaime Sanz Ortiz. Oncología.lo que nosotros creamos por nuestra prestación, siempre y cuando este precio no esté muy bajo el mercado y valla en desmedro de la profesión, es decir, de nuestros futuros colegas. En la practica odontológica de nuestro país existe un arancel de referencia que sirve como herramienta útil para fijar nuestros aranceles, siendo siempre una referencia y no una obligación el acatar o no sus directrices. Es perfectamente legal también realizar pequeñas variaciones en el cobro según cada caso particular (comúnmente llamado rebajas), las que podemos determinar a partir de varios indicadores como son previsión de salud, condiciones económicas, capacidad de pago, lugar de residencia (o mas bien dicho calidad de residencia), convenio, etc. En definitiva, según su poder adquisitivo, o alguna variación debido a cercanía o parentesco con el paciente. En ningún caso el lugar de residencia por si solo permite hacer una discriminación monetaria fija por un mismo tratamiento, a menos que producto de la locación existan gastos distintos entre uno y otro (en el caso de atender en dos consultas distintas, donde el arriendo de una es más caro que la otra). En definitiva, el dentista es libre de cobrar lo que el estime conveniente siempre y cuando el paciente esté dispuesto a pagarlo, y puede realizar pequeñas variaciones de sus honorarios, los que analizara caso a caso.
Fuente:
Entrevista a Juez de garantía Juzgado de Concepción (suplente) Felipe Vega Letelier.
Un artículo sacado del área de la oncólogía trata lo siguiente, aunque es un caso extremo, muestra otra realidad (la sociedad española), y el punto de vista mas ético:
Valor y precio
El término «valor» tiene otro significado además del económico. Cada cosa tiene valor intrínseco. Todo valor es un bien, va vinculado a él y tiene un eco afectivo (atracción).
También las cosas tienen valor de uso o de cambio, que es lo que se conoce como precio. La moneda (dinero) no tiene valor intrínseco pero sí valor de cambio y el precio es la medida del valor de uso de las cosas. Se puede poner el precio a las cosas pero no el valor. «Todo necio confunde valor y precio», decía sabiamente Antonio Machado. En la economía de mercado, si se incrementa la demanda suben los precios. El dinero sólo proporciona los bienes que se puede comprar: cosas y servicios. La vida, la salud y la amistad, por ejemplo, son valores intrínsecos y no tienen precio. Los valores (ética) y los precios (economía) establecen un nuevo
marco en que los médicos deben moverse con seguridad y prudencia. En un sistema de salud con recursos económicos limitados es necesario cuantificar el coste por proceso
o, en su defecto, conocer los recursos consumidos para obtener la utilidad deseada. Aunque la salud no tiene precio,
sí tiene un coste. Por limitación o «racionamiento» de prestaciones se entiende la decisión de no prestar cierta asistencia o servicios posiblemente beneficiosos a personas que
desean recibirlos. Debemos conjugar, ponderar y equilibrar
nuestras decisiones relacionando adecuadamente el valor
intrínseco y el valor de uso del bien a alcanzar. El problema consiste en definir qué es lo que el sistema entiende por coste-efectividad aceptable. En España no existen referencias sobre cuándo una opción debería o no ser adoptada sobre la base de criterios de eficiencia (coste del
tratamiento). Por ejemplo, en Canadá existe un consenso implícito sobre los rangos de aceptabilidad. Intervenciones que cuestan menos de 20.000 dólares por año de vida ganado ajustado a la calidad (AVAC) son aceptables, mientras que aquellos que cuestan más de 100.000 dólares no lo son. En EE.UU. esta frontera de aceptabilidad está por debajo de 50.000 dólares. El coste-efectividad del cribado del cáncer de mama varía entre 20.000 y 50.000 dólares por año de vida ganado.
Los datos antes citados tienen un significado distinto para cada uno de los afectados: los gestores, los profesionales y la persona enferma. El análisis de los datos para el gestor es poco eficiente, puesto que con el mismo consumo de recursos se puede beneficiar a mayor número de personas (criterio utilitarista). El oncólogo evalúa los resultados como positivos, eficaces y beneficiosos, a pesar del coste (criterio de corrección técnica y de beneficencia ética). Por último, la
persona enferma hace una valoración subjetiva muy favorable de los resultados, siempre y cuando la calidad de vida sea aceptable (criterio de autonomía y conservación de un
bien supremo como es la vida). Pero para el paciente, ¿tiene precio un mes y medio o un año más de vida? ¿El sistema puede soportarlo? ¿Estamos autorizados para decidir
que un período de la vida de una persona enferma carece de valor? La clave está en responder a la pregunta: ¿cuál es el mejor bien para el enfermo? La respuesta debe darla la
persona afectada. El médico, dentro de sus posibilidades,
debe proteger y defender la elección de la persona implicada. Todos estos interrogantes plantean serios conflictos de valores a los profesionales, a los gestores y a todos los implicados como seres humanos que son. ¿Qué decisión tomaríamos nosotros si algún día estuviéramos en esa situación?
¿Qué principio debe prevalecer sobre los demás? La desaparición de muchos valores en nuestra sociedad es, en el fondo, el triunfo de una concepción ultracapitalista que reduce a los seres humanos a mercancías. Aquí conviene recordar el pensamiento de Manuel Kant (1724-1804): «Los seres humanos tienen dignidad y no precio». Otra particularidad para introducir en el debate es el escenario en el que el médico ejerce su actividad. La asistencia se desarrolla en
el ámbito público (Estado), pero la relación clínica está en el ámbito privado (personal). El Estado es el proveedor de los recursos(macrogestor), el gerente de la institución (mesogestor), el que garantiza la distribución, y el médico (microgestor o decisor), el protagonista final responsable de la utilización del 70% de los recursos sanitarios. Toda política de contención del gasto enfrenta el bien del paciente y el bien del sistema, circunstancia que hace del médico un agente doble. El médico en nuestra sociedad desempeña el cada vez más complejo papel de administrador burocrático, además de ser sanador omnipotente y científico aplicado. En una sociedad civilizada la ética debe guiar a la economía, no la economía a la ética.
¿Que es bueno para el enfermo?, Jaime Sanz Ortiz. Oncología.
Desde el punto de vista legal, como prestadores de un servicio, tenemos la libertad de cobrar lo que nosotros creamos por nuestra prestación, siempre y cuando este precio no esté muy bajo el mercado y valla en desmedro de la profesión, es decir, de nuestros futuros colegas. En la practica odontológica de nuestro país existe un arancel de referencia que sirve como herramienta útil para fijar nuestros aranceles, siendo siempre una referencia y no una obligación el acatar o no sus directrices. Es perfectamente legal también realizar pequeñas variaciones en el cobro según cada caso particular (comúnmente llamado rebajas), las que podemos determinar a partir de varios indicadores como son previsión de salud, condiciones económicas, capacidad de pago, lugar de residencia (o mas bien dicho calidad de residencia), convenio, etc. En definitiva, según su poder adquisitivo, o alguna variación debido a cercanía o parentesco con el paciente. En ningún caso el lugar de residencia por si solo permite hacer una discriminación monetaria fija por un mismo tratamiento, a menos que producto de la locación existan gastos distintos entre uno y otro (en el caso de atender en dos consultas distintas, donde el arriendo de una es más caro que la otra). En definitiva, el dentista es libre de cobrar lo que el estime conveniente siempre y cuando el paciente esté dispuesto a pagarlo, y puede realizar pequeñas variaciones de sus honorarios, los que analizara caso a caso.
Fuente:
Entrevista a Juez de garantía Juzgado de Concepción (suplente) Felipe Vega Letelier.
Un artículo sacado del área de la oncólogía trata lo siguiente, aunque es un caso extremo, muestra otra realidad (la sociedad española), y el punto de vista mas ético:
Valor y precio
El término «valor» tiene otro significado además del económico. Cada cosa tiene valor intrínseco. Todo valor es un bien, va vinculado a él y tiene un eco afectivo (atracción).
También las cosas tienen valor de uso o de cambio, que es lo que se conoce como precio. La moneda (dinero) no tiene valor intrínseco pero sí valor de cambio y el precio es la medida del valor de uso de las cosas. Se puede poner el precio a las cosas pero no el valor. «Todo necio confunde valor y precio», decía sabiamente Antonio Machado. En la economía de mercado, si se incrementa la demanda suben los precios. El dinero sólo proporciona los bienes que se puede comprar: cosas y servicios. La vida, la salud y la amistad, por ejemplo, son valores intrínsecos y no tienen precio. Los valores (ética) y los precios (economía) establecen un nuevo
marco en que los médicos deben moverse con seguridad y prudencia. En un sistema de salud con recursos económicos limitados es necesario cuantificar el coste por proceso
o, en su defecto, conocer los recursos consumidos para obtener la utilidad deseada. Aunque la salud no tiene precio,
sí tiene un coste. Por limitación o «racionamiento» de prestaciones se entiende la decisión de no prestar cierta asistencia o servicios posiblemente beneficiosos a personas que
desean recibirlos. Debemos conjugar, ponderar y equilibrar
nuestras decisiones relacionando adecuadamente el valor
intrínseco y el valor de uso del bien a alcanzar. El problema consiste en definir qué es lo que el sistema entiende por coste-efectividad aceptable. En España no existen referencias sobre cuándo una opción debería o no ser adoptada sobre la base de criterios de eficiencia (coste del
tratamiento). Por ejemplo, en Canadá existe un consenso implícito sobre los rangos de aceptabilidad. Intervenciones que cuestan menos de 20.000 dólares por año de vida ganado ajustado a la calidad (AVAC) son aceptables, mientras que aquellos que cuestan más de 100.000 dólares no lo son. En EE.UU. esta frontera de aceptabilidad está por debajo de 50.000 dólares. El coste-efectividad del cribado del cáncer de mama varía entre 20.000 y 50.000 dólares por año de vida ganado.
Los datos antes citados tienen un significado distinto para cada uno de los afectados: los gestores, los profesionales y la persona enferma. El análisis de los datos para el gestor es poco eficiente, puesto que con el mismo consumo de recursos se puede beneficiar a mayor número de personas (criterio utilitarista). El oncólogo evalúa los resultados como positivos, eficaces y beneficiosos, a pesar del coste (criterio de corrección técnica y de beneficencia ética). Por último, la
persona enferma hace una valoración subjetiva muy favorable de los resultados, siempre y cuando la calidad de vida sea aceptable (criterio de autonomía y conservación de un
bien supremo como es la vida). Pero para el paciente, ¿tiene precio un mes y medio o un año más de vida? ¿El sistema puede soportarlo? ¿Estamos autorizados para decidir
que un período de la vida de una persona enferma carece de valor? La clave está en responder a la pregunta: ¿cuál es el mejor bien para el enfermo? La respuesta debe darla la
persona afectada. El médico, dentro de sus posibilidades,
debe proteger y defender la elección de la persona implicada. Todos estos interrogantes plantean serios conflictos de valores a los profesionales, a los gestores y a todos los implicados como seres humanos que son. ¿Qué decisión tomaríamos nosotros si algún día estuviéramos en esa situación?
¿Qué principio debe prevalecer sobre los demás? La desaparición de muchos valores en nuestra sociedad es, en el fondo, el triunfo de una concepción ultracapitalista que reduce a los seres humanos a mercancías. Aquí conviene recordar el pensamiento de Manuel Kant (1724-1804): «Los seres humanos tienen dignidad y no precio». Otra particularidad para introducir en el debate es el escenario en el que el médico ejerce su actividad. La asistencia se desarrolla en
el ámbito público (Estado), pero la relación clínica está en el ámbito privado (personal). El Estado es el proveedor de los recursos(macrogestor), el gerente de la institución (mesogestor), el que garantiza la distribución, y el médico (microgestor o decisor), el protagonista final responsable de la utilización del 70% de los recursos sanitarios. Toda política de contención del gasto enfrenta el bien del paciente y el bien del sistema, circunstancia que hace del médico un agente doble. El médico en nuestra sociedad desempeña el cada vez más complejo papel de administrador burocrático, además de ser sanador omnipotente y científico aplicado. En una sociedad civilizada la ética debe guiar a la economía, no la economía a la ética.
¿Que es bueno para el enfermo?, Jaime Sanz Ortiz. Oncología.
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